En los años 30 nuestro país era considerado desarrollado según los parámetros de la época. Nuestro ingreso “per cápita” estaba entre los 8 primeros del mundo, nuestro sistema educacional superaba al de casi todos los países europeos. Cultural, política y económicamente éramos un país abierto al mundo que creaba expectativas conjuntamente con Canadá y Australia.
Sin embargo, durante las últimas décadas los argentinos hemos tenido que soportar agravios, padecimientos y persecuciones como individuos y como sociedad dentro de una prolongada y profunda decadencia. Estamos enfrentados a un proceso de fragmentación y desconcierto a tal punto que somos el único país del mundo que pasó del desarrollo al subdesarrollo, el nuestro es un caso de estudio en diversas universidades del planeta.
Lamentablemente no tenemos un diagnóstico claro aceptado universalmente sobre las causas de nuestra decadencia. Sin embargo ese diagnóstico es clave para poder asentar nuestra recuperación. Este trabajo precisamente pretende, humildemente, echar un poco de luz sobre el tema.
Los argentinos hoy estamos agobiados y con baja capacidad de reacción pero, quizás por eso mismo, más humildes y predispuestos a entender lo que nos está ocurriendo. Esto permite pensar en que es posible llegar, en algún momento, a un diagnóstico consensuado.
Veamos algunos datos verificables.
Hace 80 años fuimos sacudidos por la ruptura del orden constitucional por primera vez desde la vigencia de la Constitución de 1853 y por el cambio del esquema de premios y castigos que habían hecho de nosotros una gran nación. La revolución constituyó una violación letal de los principios constitucionales, introdujo el “militarismo” en nuestra política y modificó sustancialmente el esquema de estímulos que la sociedad tenía para producir y evolucionar.
A partir de ese momento los gobiernos nos mintieron, redujeron la diversidad de nuestras opiniones a estar o no de acuerdo con el gobierno de turno y siempre violaron nuestra Constitución. Desde entonces la mejor forma de progresar fue estar cerca del gobierno en lugar de producir más y mejor.
Hemos tenido que soportar el miedo por nuestra seguridad personal y la de nuestras familias o correr el riesgo de perder nuestro trabajo si hemos sido capaces de sostener en público opiniones propias. También hemos visto emigrar a nuestros hijos en busca de un trabajo digno o para eludir persecuciones por tener ideas distintas.
Todo esto se produjo instrumentando políticas en nombre del pueblo, de nuestro bienestar, de nuestra independencia o de ideologías tercermundistas perimidas salvo en algunos países en vías de destrucción como el nuestro. Nuestras raíces entraron en un cono de sombra, nos han querido robar nuestra historia conflictiva pero plagada de éxitos y de actos de heroísmo, tergiversándola sin contemplaciones.
¿Porqué nos pasó esto?, ¿somos realmente “tarados” como dice el presidente del Uruguay?, ¿será cierto, como afirma superficialmente Mario Vargas Llosa, que los argentinos hemos elegido ser pobres?, ¿podemos imputar la responsabilidad a alguna persona o partido político en particular? o ¿hemos sufrido una conjura internacional?…
En mi opinión nada de eso es cierto. Pienso que es la consecuencia de haber sido meros espectadores de una obra (la Argentina del Futuro) en la que decidimos no actuar. Es posible que hayamos adoptamos dicha posición, entre otras razones debido, al desorden institucional, a quedarnos tranquilos al internalizar que ” la Argentina está condenada al éxito” y también a la recomendación generalizada y poco generosa de nuestros mayores, “no te metás”, para recoger solo para nosotros todo el fruto de nuestro esfuerzo personal sin ofrecer nada al bien común. Esa actitud fue reforzada por la “viveza criolla” que nos caracterizó desde mucho antes.
Es así que dejamos el espacio libre que ocuparon mayoritariamente los mediocres y corruptos para hacerse cargo de la política y de la administración de lo que todos los argentinos tenemos en común.
Habitualmente se decía que “el campo arregla de noche lo que los políticos hacen de día”. Posteriormente, en medio de fuertes crisis, consolidamos a los mediocres y corruptos en el poder “para mantener la gobernabilidad” y nos conformamos diciendo “roban pero hacen”.
Como vemos, los malos políticos son solo oportunistas de la decadencia con la que colaboran, a veces, ardorosamente. Hay que reconocer que hubo algunos pocos políticos valiosos, como Frondizi, pero que no lograron modificar el contexto de los últimos 80 años.
Dirigentes políticos enancados desde el primer momento en el fascismo, moldearon las tradiciones según sus necesidades mientras le pasaban la mano por el lomo al pueblo; también se valieron de su posición de fuerza para enervar los principios republicanos. Reforzaron la concentración de poder estatizando la economía y sintetizando el Gobierno con el Estado con lo cual casi todos los habitantes dependieron directa o indirectamente del gobierno de turno y nos cerramos al mundo para evitar interferencias.
El resto del mercado, acorralado, a menudo quedó distorsionado y a la deriva en la que reinó más el libertinaje que la libre competencia dentro de encuadres modernos; de esa cuna solo pudieron nacer y a veces sucumbir, una escasa cantidad de importantes empresas modernas. En cambio Brasil las formó, en cantidad y calidad, con seguridad jurídica y políticas de largo plazo.
Sin República, la Democracia y el Federalismo perdieron toda su sustancia. En otras palabras, se desvaneció la seguridad jurídica, la independencia real de los poderes, el federalismo, la transparencia de los actos de gobierno… . Nos transformamos en una nave sin rumbo cierto.
En el orden social esto implicó un deterioro moral generalizado y en el orden económico una inflación fuerte y persistente, caída de las inversiones, menos trabajo y de inferior calidad, desocupación y pobreza extrema. Dentro de este desconcierto creció la dispersión de los ingresos, fuente de crispación y de desencuentros. Hemos visto la expansión de la miseria y del deterioro humano a límites hasta entonces desconocidos dentro de nuestras fronteras. Se cierra el círculo recodando que la inflación persistente es un severo factor estructural de degradación moral. Ver “El seguro de Vida Frente a la Depreciación Monetaria”. Héctor L. González Galé. Ed. Macchi.
En nuestra confusión no supimos reaccionar a tiempo, fuimos aceptando lo inaceptable. Creo que hoy nos damos cuenta que hemos sido engañados, que las explicaciones que nos daban para justificar nuestros tropiezos eran mentiras, no era cierto que sucesivamente eran culpables la “sinarquía internacional”, los Estado Unidos, los comunistas, los conservadores o los liberales.
Pero no solo nos engañaron, creo que también nos auto engañamos. Aún hay quienes piensan que el mundo nos asignó el lugar en el que estamos hoy. Al respecto es interesante analizar lo que Diana Cohen Agrest expone en “Autoengaño: la eterna compulsión a hacernos trampa”. También es particularmente valiosa la opinión de Jorge Fernández Díaz, actual director de ADN cultura del diario la Nación, en “El país del autoengaño”.
A la enfermedad que padecemos permítaseme que la llame populismo, que incluye a la demagogia. Los que la padecen no solo son los que nos gobiernan sino que su lógica alcanza a amplios y desprevenidos sectores de la población y de los políticos (terminamos disfrutando de la adulación y rechazando las verdades poco agradables que nos permitirían recuperarnos pero que nos exigirían involucramiento). Nos hemos conformado con frases hechas como “el pueblo siempre tiene razón” o “no se puede hacer nada”.
Este es el motivo, a mi juicio, por el que los gobiernos pasan pero el populismo sigue y se profundiza. Todos los gobiernos desde 1930 se recostaron en mayor o menor medida en él.
Para dar a las palabras todo su sentido definamos, para este análisis, lo que se entiende por populismo.
Es la forma de gobierno que trata de ganar el favor popular para beneficio de los propios gobernantes, recurriendo para tal fin al engaño, a la adulación, al la ideología, al miedo, a la violencia y a cualquier método que les parezca eficiente a esos fines incluyendo los que producen daño al propio pueblo, sin respetar reglas. En lugar de desarrollar y elevar a la sociedad, lo que finalmente desea es dominarla y, en consecuencia, empobrecerla hasta el límite de lo posible. Eso sí, siempre “en nombre del pueblo” y en contra de algún chivo expiatorio.
René Balestra, en su artículo “Fijar la enfermedad”, nos cuenta su esencia cuando dice que “El populismo no es lo popular. Como el clericalismo no es lo religioso ni el militarismo es lo militar. Son sus deformaciones patológicas que desnaturalizan totalmente el sentido original del concepto. El populismo arrulla y acaricia constantemente a la masa ignorante para fijarla, para que continúe siendo una masa maleable y no se convierta jamás en personas.”
De entre los innumerables ejemplos de populismo en la Argentina mencionaré dos que se presentan en varios gobiernos:
1.- Se sanciona la Ley de Alquileres congelando todos los alquileres y afectando severamente la seguridad jurídica. Se agravó la inequidad con la creciente destrucción de nuestra moneda, ¿para beneficiar al pueblo o para beneficiar demagógica y transitoriamente a un sector de la población en detrimento de todos? Consecuencia, se desvaneció durante un cuarto de siglo la industria de la construcción y se siguieron debilitando incentivos para ahorrar e invertir en el país hasta que fue derogada. En los 40, 50 y 60.
2.- El mantenimiento por largo tiempo del tipo de cambio fijo (o de acuerdo con una tabla preestablecida) acompañada por el desorden fiscal, fabricó “bombas de tiempo” que siempre explotaron. Antes que explote se vive en el limbo elevando transitoria y artificialmente el nivel de ingresos de la gente. ¿Para aprovecharlo políticamente? Después viene la crisis, el desencanto y la desesperación seguida por la expulsión de capitales y de talentos. En los 70, 80 y 90.
Ya en los últimos años debe señalarse, entre otros, el robo de los fondos de los jubilados logrado con el apoyo de grupos de izquierda (populistas disfrazados de izquierdistas o “progres”) a los que les vendieron como vidrios de colores el sistema de reparto en materia jubilatoria; el ataque inaudito a un sector del país como el campo y la alarmante decisión del gobierno de dominar los medios de comunicación mediante una ley con aristas hegemónicas e inconstitucionales (también con la complicidad de los “progres” que disfrutan el ataque a empresas de medios) para una mayor concentración de poder. Esto permite colegir, parafraseando a René Balestra, que el “progresismo” no va tras el progreso sino que sostiene una deformación patológica del mismo, desnaturalizando y contrariando su sentido.
Quizás ahora podamos entender un poco mejor el porqué de nuestra decadencia moral institucional y económica. Pero queda en el aire la pregunta ¿si no es el populismo la causa fundamental de nuestros males, cual es la respuesta fundada superadora?
Lo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que el remedio contra el populismo es la plena vigencia de los principios republicanos que dan, a su vez, vida a la democracia, al federalismo y al respeto mutuo. Estos principios solo pueden ser sostenidos con éxito por ciudadanos honestos comprometidos con la Argentina y libres de tergiversaciones ideológicas.
Si los ciclos históricos no mienten es posible que estemos aproximándonos al final de la etapa populista que, por otro lado, está perdiendo rápidamente sustentabilidad. El comunismo también duró cerca de las 8 décadas. El liberalismo que en su oportunidad nos llevó a la cresta de la ola también tuvo una duración parecida (1853-1930). Todo depende de la actitud que asumamos en la construcción de la nueva etapa “pos populismo”, para la que ya tenemos que estar trabajando.
Pienso que entre las ideas fuerza que podrían sustentar a la nueva etapa serían deseable que estuvieran:
- La vigencia plena de los principios republicanos.
- La búsqueda irrenunciable de la equidad; premiar el mérito mediante el reconocimiento moral y económico, dar similares oportunidades a toda la población en materia educacional y de salud y estimular fuertemente las inversiones para erradicar el desempleo (en lugar de maquillarlo bajo la forma de empleo público). En otras palabras, las reglas de juego deben atender a la eficiencia económica y social del país.
- Poner en el centro de la escena a la educación y a la investigación. La enseñanza universitaria debe ser de excelencia y las otras que alcancen a toda la población con el mejor nivel que sea posible. Deben revaluarse los maestros y los profesores sarmientinos en lugar de los “trabajadores de la docencia”.
- Tomar definitivamente conciencia de que la seguridad jurídica está directamente ligada a la creación de más y mejores puestos de trabajo. La seguridad personal es un deber esencial e ineludible del Estado.
- Relacionarnos respetuosa y dignamente con todo el mundo sin discriminaciones ideológicas.
- El respeto recíproco entre los ciudadanos en cuanto al trato y a los derechos que cada uno constitucionalmente posee debe ser parte nosotros. Tratemos de progresar en conjunto en lugar de “salvarnos” de a uno.
martes, 1 de junio de 2010
MOTIVOS PARA TENER ESPERANZA
A veces, para poder trasmitir una idea profunda, es necesario hacer hincapié en el contenido de las palabras y sus matices.
El diccionario nos dice que la esperanza es el “estado del ánimo, en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos” mientras que el optimismo es la “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto mas favorable”.
A pesar de un cierto parecido existe una gran diferencia entre ambos conceptos. Mientras la esperanza es un estado de ánimo que puede estar provocado por hechos concretos, el optimismo es una predisposición, es decir, un fenómeno subjetivo, una posición que hace ver las cosas en forma sesgada.
Por otro lado, en la esperanza, el saber que lo deseable es posible nos compromete de alguna manera a dar los pasos necesarios para alcanzarlo, nos estimula a ser actor. En cambio el optimista al ver las cosas en su aspecto más favorable solo tiene que esperar, como un espectador, que lo favorable ocurra.
En consecuencia, hablamos de la esperanza porque existen datos de la realidad que permiten sostener un estado de ánimo proactivo, a pesar de que el camino por delante sea largo y plagado de obstáculos y dependiendo el éxito de lo que estemos dispuestos a hacer.
Aunque la lista podría ser más extensa, parecerían ser suficientes los siguientes datos positivos:
1.- El Campo es un factor poderoso de progreso. Esto va a ser mayor cuando se le quite el pie de encima. Durante muchas décadas ha sido esquilmado como consecuencia de la falsa y absurda confrontación con la industria promovida desde el populismo. Hoy esta falacia ha sido desenmascarada.
2.- Los segundos niveles de los partidos de todo el arco político de la oposición están trabajando juntos y en excelentes relaciones desde hace tiempo, por primera vez en muchos años. Es allí donde hay diálogos y consensos.
3.- La gente está cambiando porque el modelo populista y “progre” se ha agotado. Está cansada de la inflación, de la inseguridad, de la falta de trabajo (por insuficiencia de inversión), del incremento de la pobreza cuando los países que nos rodean la han disminuido sustancialmente, de la corrupción y de la mentira. Ya está harta, no se la puede engañar ni se auto engaña tan fácilmente.
4.- El campo se ha unido en forma firme y permanente a través de la “mesa de enlace” luego de un siglo de desencuentros. Ha decidido tener participación activa en la política con ideas productivas dentro de los principios constitucionales, relegando diferencias ideológicas a la periferia de su accionar.
5.- Hace ya 80 años que la Argentina sufre la plataforma populista. Es el límite de lo que habitualmente las sociedades soportan de un tipo de gobierno. Es lo que duraron aproximadamente por un lado el comunismo en la URSS y, por el otro, el proyecto liberal que con sus virtudes y defectos llevó a la Argentina al primer mundo.
6.- Hace 27 años la gente se adhirió definitivamente a la democracia. Ahora se dio cuenta que también es necesario la república. Pronto también se va a dar cuenta que son necesarias políticas eficaces para crecer y desarrollarse abandonando viejos criterios fracasados, mantenidos hasta hoy por un falso progresismo.
7.- El peronismo, otrora bastión inexpugnable del populismo, se ha resquebrajado profundamente. Algunos sectores del mismo ya están adhiriendo a los principios republicanos lo que implica abjurar del “movimiento” (del que ya casi no se habla). Sólo el kischnerismo se mantiene irreductible, pero no por sentimientos ni menos por principios, sino por la “caja” o por una cegadora ideología.
8.- Ya no estamos esperando un salvador. Seguramente en el futuro analizaremos y aprobaremos o rechazaremos a los candidatos que se propongan. Ahora sabemos que no todos son iguales y que nunca lo fueron. También sabemos que nos hemos equivocado mucho. Esto es un gran avance.
9.- Cada época tiene sus ideas fuerza, hoy calladamente las viejas están siendo cambiadas por los principios republicanos y por la necesidad de eliminar la corrupción estructural, entre otras.
10.- En los últimos tiempos la Corte Suprema derogó por inconstitucional un artículo clave de la aparentemente intocable Ley de Asociaciones Profesionales, quitándole el monopolio a la CGT. Esto, aunque insuficiente, parece ser el comienzo de la demolición de un poder espurio y distorsivo.
11.- El populismo necesita el control de las noticias y orientar la opinión pública en paralelo a la falta de transparencia de los actos del gobierno, para que los negociados y las mentiras sean duraderos. Hoy las noticias y las opiniones corren rápidamente por una gran diversidad de canales en forma irrefrenable gracias a la tecnología y a un mundo globalizado. Nuestro populismo está decrépito, está perdiendo su ”habitat”.
12.- Tenemos un pasado conflictivo pero glorioso, una geografía generosa y una población, alguna vez definida como crisol de razas, que desea la paz y el progreso como todos los pueblos del mundo. Nosotros, en las primeras décadas del siglo pasado, hemos formado parte del primer mundo y los pueblos tienen memoria de elefante, podemos volver a serlo. Muchos, aún desconectados entre si, ya lo sienten como un compromiso con la Argentina y con nuestros nietos.
13.- Por primera vez en nuestra historia carecemos de conflictos serios con nuestros vecinos. Por el contrario, todos nos hemos damos cuenta de que el progreso del vecino nos ayuda. La vuelta a la normalidad de la Argentina sería apoyada y festejada internacionalmente.
14.- Poseemos recursos hídricos abundantes cuando en el mundo son escasos. Lo mismo ocurre con las diferentes fuentes de energía no explotadas racionalmente pero que pueden generar un salto cualitativo y cuantitativo si se sale del voluntarismo irracional y se entra en una etapa de previsibilidad política y de modernidad económica.
15.- Todos los días nos encontramos con que acontecimientos trascendentes, positivos o negativos, ocurren sin ser previstos. Tenemos que aceptar humildemente que tenemos una visión restringida del futuro, que no hay nada definitivo, por lo que nadie puede decir seriamente que la Argentina carece de futuro aunque hoy esté decadente. Por ejemplo, es inexplicable que pocos días antes de la caída del muro de Berlín ningún analista hubiera previsto esa circunstancia, podría decirse lo mismo de la última crisis financiera internacional de la que todavía no hemos salido.
La conclusión es que el futuro siempre ofrece, sorpresivamente, alternativas y suele premiar a quien las busca y trabaja para aprovecharlas cuando se presenten. Por eso la esperanza no es negociable, no se puede renunciar a ella sin renunciar también, en cierta medida, a la vida misma.
El diccionario nos dice que la esperanza es el “estado del ánimo, en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos” mientras que el optimismo es la “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto mas favorable”.
A pesar de un cierto parecido existe una gran diferencia entre ambos conceptos. Mientras la esperanza es un estado de ánimo que puede estar provocado por hechos concretos, el optimismo es una predisposición, es decir, un fenómeno subjetivo, una posición que hace ver las cosas en forma sesgada.
Por otro lado, en la esperanza, el saber que lo deseable es posible nos compromete de alguna manera a dar los pasos necesarios para alcanzarlo, nos estimula a ser actor. En cambio el optimista al ver las cosas en su aspecto más favorable solo tiene que esperar, como un espectador, que lo favorable ocurra.
En consecuencia, hablamos de la esperanza porque existen datos de la realidad que permiten sostener un estado de ánimo proactivo, a pesar de que el camino por delante sea largo y plagado de obstáculos y dependiendo el éxito de lo que estemos dispuestos a hacer.
Aunque la lista podría ser más extensa, parecerían ser suficientes los siguientes datos positivos:
1.- El Campo es un factor poderoso de progreso. Esto va a ser mayor cuando se le quite el pie de encima. Durante muchas décadas ha sido esquilmado como consecuencia de la falsa y absurda confrontación con la industria promovida desde el populismo. Hoy esta falacia ha sido desenmascarada.
2.- Los segundos niveles de los partidos de todo el arco político de la oposición están trabajando juntos y en excelentes relaciones desde hace tiempo, por primera vez en muchos años. Es allí donde hay diálogos y consensos.
3.- La gente está cambiando porque el modelo populista y “progre” se ha agotado. Está cansada de la inflación, de la inseguridad, de la falta de trabajo (por insuficiencia de inversión), del incremento de la pobreza cuando los países que nos rodean la han disminuido sustancialmente, de la corrupción y de la mentira. Ya está harta, no se la puede engañar ni se auto engaña tan fácilmente.
4.- El campo se ha unido en forma firme y permanente a través de la “mesa de enlace” luego de un siglo de desencuentros. Ha decidido tener participación activa en la política con ideas productivas dentro de los principios constitucionales, relegando diferencias ideológicas a la periferia de su accionar.
5.- Hace ya 80 años que la Argentina sufre la plataforma populista. Es el límite de lo que habitualmente las sociedades soportan de un tipo de gobierno. Es lo que duraron aproximadamente por un lado el comunismo en la URSS y, por el otro, el proyecto liberal que con sus virtudes y defectos llevó a la Argentina al primer mundo.
6.- Hace 27 años la gente se adhirió definitivamente a la democracia. Ahora se dio cuenta que también es necesario la república. Pronto también se va a dar cuenta que son necesarias políticas eficaces para crecer y desarrollarse abandonando viejos criterios fracasados, mantenidos hasta hoy por un falso progresismo.
7.- El peronismo, otrora bastión inexpugnable del populismo, se ha resquebrajado profundamente. Algunos sectores del mismo ya están adhiriendo a los principios republicanos lo que implica abjurar del “movimiento” (del que ya casi no se habla). Sólo el kischnerismo se mantiene irreductible, pero no por sentimientos ni menos por principios, sino por la “caja” o por una cegadora ideología.
8.- Ya no estamos esperando un salvador. Seguramente en el futuro analizaremos y aprobaremos o rechazaremos a los candidatos que se propongan. Ahora sabemos que no todos son iguales y que nunca lo fueron. También sabemos que nos hemos equivocado mucho. Esto es un gran avance.
9.- Cada época tiene sus ideas fuerza, hoy calladamente las viejas están siendo cambiadas por los principios republicanos y por la necesidad de eliminar la corrupción estructural, entre otras.
10.- En los últimos tiempos la Corte Suprema derogó por inconstitucional un artículo clave de la aparentemente intocable Ley de Asociaciones Profesionales, quitándole el monopolio a la CGT. Esto, aunque insuficiente, parece ser el comienzo de la demolición de un poder espurio y distorsivo.
11.- El populismo necesita el control de las noticias y orientar la opinión pública en paralelo a la falta de transparencia de los actos del gobierno, para que los negociados y las mentiras sean duraderos. Hoy las noticias y las opiniones corren rápidamente por una gran diversidad de canales en forma irrefrenable gracias a la tecnología y a un mundo globalizado. Nuestro populismo está decrépito, está perdiendo su ”habitat”.
12.- Tenemos un pasado conflictivo pero glorioso, una geografía generosa y una población, alguna vez definida como crisol de razas, que desea la paz y el progreso como todos los pueblos del mundo. Nosotros, en las primeras décadas del siglo pasado, hemos formado parte del primer mundo y los pueblos tienen memoria de elefante, podemos volver a serlo. Muchos, aún desconectados entre si, ya lo sienten como un compromiso con la Argentina y con nuestros nietos.
13.- Por primera vez en nuestra historia carecemos de conflictos serios con nuestros vecinos. Por el contrario, todos nos hemos damos cuenta de que el progreso del vecino nos ayuda. La vuelta a la normalidad de la Argentina sería apoyada y festejada internacionalmente.
14.- Poseemos recursos hídricos abundantes cuando en el mundo son escasos. Lo mismo ocurre con las diferentes fuentes de energía no explotadas racionalmente pero que pueden generar un salto cualitativo y cuantitativo si se sale del voluntarismo irracional y se entra en una etapa de previsibilidad política y de modernidad económica.
15.- Todos los días nos encontramos con que acontecimientos trascendentes, positivos o negativos, ocurren sin ser previstos. Tenemos que aceptar humildemente que tenemos una visión restringida del futuro, que no hay nada definitivo, por lo que nadie puede decir seriamente que la Argentina carece de futuro aunque hoy esté decadente. Por ejemplo, es inexplicable que pocos días antes de la caída del muro de Berlín ningún analista hubiera previsto esa circunstancia, podría decirse lo mismo de la última crisis financiera internacional de la que todavía no hemos salido.
La conclusión es que el futuro siempre ofrece, sorpresivamente, alternativas y suele premiar a quien las busca y trabaja para aprovecharlas cuando se presenten. Por eso la esperanza no es negociable, no se puede renunciar a ella sin renunciar también, en cierta medida, a la vida misma.
sábado, 31 de octubre de 2009
Un documento por la verdad y la dignidad
En los años 30 nuestro país era considerado desarrollado según los parámetros de la época. Nuestro ingreso “per cápita” estaba entre los 10 primeros del mundo, nuestro sistema educacional superaba al de casi todos los países europeos. Cultural, política y económicamente éramos un país que creaba expectativas conjuntamente con Canadá y Australia.
Sin embargo, durante las últimas décadas los argentinos hemos tenido que soportar agravios, padecimientos y persecuciones como individuos y como sociedad dentro de una prolongada y profunda decadencia. Estamos enfrentados a un proceso de fragmentación y desconcierto a tal punto que somos el único país del mundo que pasó del desarrollo al subdesarrollo, somos un caso de estudio en diversas universidades del planeta.
Lamentablemente no tenemos un diagnóstico claro aceptado universalmente sobre las causas de nuestra decadencia. Sin embargo ese diagnóstico es clave para poder asentar nuestra recuperación. Este trabajo precisamente apunta, humildemente, a echar un poco de luz sobre el tema.
Los argentinos hoy estamos agotados y con baja capacidad de reacción pero, quizás, más predispuestos a entender lo que nos está ocurriendo. El dato positivo es entonces que hay signos que permiten suponer que hoy nuestra mente está más abierta, lo que podría conducir al final de este aciago proceso.
Repasemos, para comenzar, algunos datos verificables.
Hace 80 años fuimos brutalmente sacudidos por la ruptura del orden constitucional y por el cambio del esquema de premios y castigos que había hecho de nosotros una gran nación. El análisis de las causas de la revolución, algunas de ellas opinables, excede los objetivos de este ensayo; lo que importa para nuestro análisis es que la revolución constituyó una violación letal de la Constitución, introdujo el “partido militar” en nuestra política y modificó sustancialmente los estímulos que la sociedad tenía para producir y evolucionar.
A partir de ese momento los gobiernos nos mintieron, redujeron la diversidad de nuestras opiniones a estar o no de acuerdo con el gobierno y siempre se situaron por encima de nuestra Constitución. Desde entonces la mejor forma de progresar fue estar cerca del gobierno en lugar de producir más y mejor.
Tuvimos que soportar el miedo por nuestra seguridad personal y la de nuestras familias o correr el riesgo de perder nuestro trabajo si éramos capaces de sostener en público opiniones propias. También vimos emigrar a nuestros hijos en busca de un trabajo digno cuando siempre habíamos sido un país de inmigración o para eludir persecuciones por tener ideas distintas.
Todo esto se produjo instrumentando políticas en nombre del pueblo, de nuestro bienestar, de nuestra independencia o de ideologías tercermundistas perimidas salvo en algunos países en vías de destrucción como el nuestro. Nuestras raíces entraron en un cono de sombra, nos quisieron robar nuestra historia conflictiva pero plagada de heroísmos y de actos ejemplares, tergiversándola sin contemplaciones.
Llegamos a escuchar y leer slogans partidarios como “haga patria mate a un estudiante”, “alpargatas sí libros no” o simplemente “síganme”. Pero habitualmente faltó una explicación racional de objetivos consensuados a largo plazo acompañados de un esbozo realista sobre la forma de conseguirlos. Eventualmente hubo planes unilaterales que no persistieron.
¿Porqué nos pasó esto?, ¿somos realmente tarados como dice un tupamaro candidato a presidente del Uruguay?, ¿será cierto, como afirma superficialmente Mario Vargas Llosa, que los argentinos hemos elegido ser pobres?, ¿podemos imputar la responsabilidad a alguna persona o partido político en particular? o ¿hemos sufrido una conjura internacional?…
En mi opinión nada de eso ha ocurrido. Pienso que, en gran medida, es la consecuencia de haber sido meros espectadores de una obra (la Argentina del Futuro) en la que decidimos no actuar. Es posible que hayamos adoptamos dicha posición, entre otras razones, al internalizar que ”la Argentina está condenada al éxito” y también a la de la recomendación generalizada y poco generosa de nuestros mayores ,“no te metás”, para recoger solo para nosotros todo el fruto de nuestro esfuerzo personal sin ofrecer nada al bien común.
También, es posible que, ya antes de 1930, en el fragor del crecimiento inmediato se haya desvanecido el prójimo en desgracia y también el espíritu de la generación del 80; se habría dejado de soñar la “Patria del Futuro” ya que aparentemente estaba garantizada porque teníamos “un destino peraltado”. Un testimonio desgarrador e inmediato sobre la falta de solidaridad es la letra del tango Yira Yira del poeta popular, que recorrió como una hiedra el relieve social de su época, E. S. Discépolo estrenado en 1930. Dicha letra fue calificada por el prestigioso filósofo argentino Francisco Romero como “filosofía pura”. Obras de teatro exitosas de la época también se refieren a la mencionada falta de solidaridad.
Es así que dejamos el espacio libre que ocuparon los mediocres y corruptos para hacerse cargo de la política y de la administración de lo que todos los argentinos tenemos en común. Habitualmente se decía que “el campo arregla de noche lo que los políticos hacen de día”. Posteriormente, en medio de fuertes crisis, consolidamos a los mediocres y corruptos en el poder “para mantener la gobernabilidad” y nos conformamos diciendo “roban pero hacen”.
Como vemos, los malos políticos son solo oportunistas de la decadencia con la que colaboran, a veces, ardorosamente. Las causas profundas quizás haya que buscarlas frente a un espejo. También hay que reconocer que hubo algunos pocos políticos valiosos, como Frondizi, pero que no lograron modificar el contexto de los últimos 80 años.
Dirigentes políticos enancados desde el primer momento en el fascismo, moldearon las tradiciones según sus necesidades mientras le pasaban la mano por el lomo al pueblo; también se valieron de su posición de fuerza para quedarse con la República. Reforzaron dicha posición estatizando la economía y sintetizando el Gobierno con el Estado con lo cual casi todos dependían directa o indirectamente del gobierno de turno.
El resto del mercado, acorralado, a menudo quedó distorsionado y a la deriva en la que reinó más el libertinaje que la libertad dentro de encuadres modernos; de esa cuna solo pudieron nacer y sucumbir una escasa cantidad de importantes empresarios modernos, como en cambio logró Brasil, en cantidad y calidad, con seguridad jurídica y políticas de largo plazo.
Sin República, la Democracia y el Federalismo perdieron toda su sustancia. En otras palabras, se subalternizaron la seguridad jurídica, la independencia real de los poderes, la transparencia de los actos de gobierno… porque con la vigencia de principios republicanos esas políticas nefastas no pueden desarrollarse ni perdurar.
En el orden social esto implicó un deterioro moral generalizado y en el orden económico una inflación fuerte y persistente, caída de las inversiones, menos trabajo y de inferior calidad, desocupación y pobreza extrema. Dentro de este desconcierto creció la dispersión de los ingresos, fuente de crispación y desencuentros. Como se sabe, la inflación persistente es un factor de degradación moral severo. Ver “El seguro de Vida Frente a la Depreciación Monetaria”. Héctor L. González Galé. Ed. Macchi.
En nuestra confusión no supimos reaccionar a tiempo, fuimos aceptando lo inaceptable. Creo que hoy nos damos cuenta que hemos sido engañados, que las explicaciones que nos daban para justificar nuestros tropiezos eran mentiras, no era cierto que sucesivamente eran culpables la “sinarquía internacional”, los Estado Unidos, los comunistas, los conservadores o los liberales.
Pero no solo nos engañaron, creo que también nos auto engañamos buscando justificativos para no asumir la responsabilidad de lo que nos pasaba. Aún hay quienes piensan que el mundo nos asignó el lugar en el que estamos hoy. Al respecto es interesante analizar lo que Diana Cohen Agrest expone en “Autoengaño: la eterna compulsión a hacernos trampa”. También es no menos valiosa la opinión de Jorge Fernández Díaz, actual director de ADN cultura del diario la Nación, en “El país del autoengaño”.
¿Podremos aceptar que los culpables somos nosotros y actuar en consecuencia? Si es así, entiendo que estaremos en el punto de partida de nuestra recuperación. De no ser así seguiremos cayendo hasta que nos demos cuenta o desaparezcamos como nación.
A la enfermedad que padecemos permítaseme que la llame populismo, que incluye a la demagogia. Los que la padecen no solo son los que nos gobiernan sino que su lógica alcanza a amplios y desprevenidos sectores de la población y de los políticos de la oposición (terminamos disfrutando de la adulación y rechazando las verdades poco agradables que nos permitirían recuperarnos pero nos exigirían involucrarnos). Nos hemos conformado con frases hechas como “el pueblo siempre tiene razón”.
Este es el motivo, a mi juicio, por el que los gobiernos pasan pero el populismo sigue y se profundiza. Todos los gobiernos desde 1930 se recostaron en mayor o menor medida en él, como podremos constatar en los ejemplos que veremos más adelante. Desde ya esto no impide que haya habido algunos gobiernos que fueron mejores que otros.
Para dar a las palabras todo su sentido definamos, por lo menos para este análisis, lo que se entiende por populismo.
Es la forma de gobierno que trata de ganar el favor popular para beneficio de los propios gobernantes, recurriendo para tal fin al engaño, a la adulación, al la ideología, al miedo, a la violencia y a cualquier método que les parezca eficiente a esos fines incluyendo los que producen daño al propio pueblo, sin respetar reglas. En lugar de desarrollar y elevar a la sociedad, lo que finalmente desea es dominarla y, en consecuencia, empobrecerla hasta el límite de lo posible. Eso sí, siempre “en nombre del pueblo” y en contra de algún chivo expiatorio.
René Balestra, en su artículo “Fijar la enfermedad”, nos cuenta su esencia cuando dice que “El populismo no es lo popular. Como el clericalismo no es lo religioso ni el militarismo es lo militar. Son sus deformaciones patológicas que desnaturalizan totalmente el sentido original del concepto. El populismo arrulla y acaricia constantemente a la masa ignorante para fijarla, para que continúe siendo una masa maleable y no se convierta jamás en personas.”
Veamos algunos ejemplos de populismo en la Argentina (quedan innumerables en el tintero):
1.- En 1930 se viola la Constitución y se construye un poder hegemónico, ¿para lograr una mejor administración que la del gobierno de turno? Se perdió incentivos para progresar por la falta de equidad y el deterioro de la libertad individual. Un testimonio inmediato e impactante respecto de la equidad perdida, es la letra del tango Cambalache estrenado en 1935, del poeta E.S. Discépolo, ya citado. En ese mismo año Leopoldo Lugones se suicidaba. Estaba deprimido, entre otras razones, por ver y proyectar las consecuencias la revolución del 30 que él había apoyado.
2.- Se sanciona la Ley de Alquileres congelando todos los alquileres y afectando severamente la seguridad jurídica. Se agravó la inequidad por la creciente destrucción de nuestra moneda, ¿para beneficiar al pueblo? Consecuencia, se desvaneció durante un cuarto de siglo la industria de la construcción y se siguieron debilitando incentivos para ahorrar e invertir. En los 40.
3.- Obstaculización en la campaña electoral a los opositores y destrucción del periodismo independiente (el diario La Prensa fue el último eslabón), ¿para frenar a la sinarquía internacional? En los 40 y 50.
4.- Politización de la enseñanza (libros de estudio que hablaban de las bondades del régimen y de la pareja presidencial), ¿para mejorar las generaciones futuras o para dominarlas? En los 40 y 50.
5.- Persecución física de los opositores. Cárceles para estudiantes, y para defensores de la libertad, bombardeo desaprensivo de la Plaza de Mayo colmada de civiles, asesinatos políticos no aclarados ni castigados debidamente, ¿porque se oponían al progreso? En los 40, 50, 60 y 70.
6.- Persecución de jueces quitándoles estabilidad por haber ascendido durante el gobierno militar pero ofreciéndoles generosos retiros si dejaban vacantes sus puestos. Se necesitaban jueces que fueran funcionales al cumplimiento de pactos secretos previos. Se mantuvo el operativo en la mayor discreción evitando cualquier trascendencia pública. ¿El gobierno por encima de la Justicia? En los 50 y 60.
7.- Desconocimiento de los contratos firmados por un gobierno constitucional con empresas petroleras por razones ideológicas, la primera víctima fue la seguridad jurídica ¿por la defensa de los intereses de la Patria? Produjo un fuerte impacto negativo en el desarrollo energético y en la imagen del país. En los 60.
8.- Planteos militares y nuevas interrupciones de los gobiernos constitucionales, ¿Porque al “partido militar” no le gustaba algo? En los 60, 70 y 80.
9.- Mantenimiento irracional del tipo de cambio fijo (o de acuerdo con una tabla preestablecida) por largo tiempo, acompañado para mayor gravedad por el desorden fiscal, fabricó “bombas de tiempo” que siempre explotaron. Antes que explote se vive en el limbo elevando transitoria y artificialmente el nivel de ingresos de la gente aprovechado políticamente. Después viene el desencanto y la desesperación seguida por la expulsión de capitales y de talentos. En los 70, 80 y 90.
10.- Creación desde el gobierno constitucional de una banda de asesinos, la Triple A, utilizada para múltiples fines y ¿para salvarnos de los comunistas?, ¿no había otra forma de combatir al terrorismo marxista , que por otro lado fue fogoneado desde el exterior por los mismos que luego quisieron enfrentarlo de ese modo? En los 70.
11.- Lucha armada entre agrupaciones paramilitares marxistas y el gobierno “de facto”. Las fuerzas armadas lucharon bien, incluido actos heroicos, y vencieron. En cambio el gobierno militar (militarismo) quedó estigmatizado por su origen, por sus degradantes abusos y por declarar una guerra absurda a Gran Bretaña y EEUU juntos, con las consecuencias harto conocidas.
12.- Mantenimiento de todas las estaciones de televisión y radio en manos del Estado que el gobierno utilizó para, entre otros objetivos, perseguir artistas no afines, caso Pinky por ejemplo ¿para ofrecernos una información más pura? En los 80
13.- Maniobra de los dos partidos políticos principales (Pacto de Olivos) para la consecución de objetivos políticos particulares en la reforma de la Constitución (re-re elección por un lado, tercer senador por provincia para dar mayor cabida coyuntural a la oposición en el senado por el otro, introducción de la posibilidad de los decretos de necesidad y urgencia y las delegaciones de facultades al poder ejecutivo por ambos lados). ¿En nombre de la modernidad? . Se desnaturalizó el sentido del Senado y se abrieron las puertas que facilitaron el abuso de poder entre otras nefastas consecuencias. En los 90
14.- Voladura de una fábrica militar y de un pueblo para ocultar la venta ilegal de armas al exterior, ¿fue una distracción? En los 90
15.- La inconstitucional ley fascista de asociaciones profesionales que abarca muchas décadas y que nadie osó modificar. ¿Será que los políticos y la Corte Suprema se toman su tiempo o simplemente le temen al poder sindical (que no es lo mismo que sindicalismo)?
16.- En estos últimos años las violaciones a la Constitución son muchas, gravísimas y expuestas en forma grotesca. Por ejemplo la sustracción en el orden de los 1000 millones de dólares de Santa Cruz por parte del entonces gobernador sobre los que nunca dio ninguna explicación, ante la indiferencia general por lo que fue votado de todas maneras. No se puede dejar de mencionar el uso extralimitado y por lo tanto inconstitucional, de los decretos de necesidad y urgencia y de la delegación de facultades al Poder Ejecutivo.
Uno de los actos populistas más graves es la licuación del federalismo al destruir de hecho las autarquías de las provincias, sometiendo a sus gobernadores a la dádiva del poder central al restarles fondos a través de impuestos de dudosa constitucionalidad no coparticipables, que reemplazan de hecho a los coparticipables. Sin autarquía no existe la autonomía que establece la Constitución.
Otro acto populista estructural, de origen ideológico, es la destrucción de las fuerzas armadas, a pesar de que desde hace tiempo se superó el militarismo, dejándonos peligrosamente indefensos, restándonos presencia internacional y sin poder proteger las riquezas de nuestro litoral marítimo que está siendo depredada por pesqueros de altura extranjeros.
Asimismo debe señalarse el robo de los fondos de los jubilados logrado con el apoyo de grupos de izquierda (populistas disfrazados de izquierdistas o “progres”) a los que les vendieron como vidrios de colores el sistema de reparto en materia jubilatoria; el ataque inaudito a un sector del país como el campo y la alarmante decisión del gobierno de dominar los medios de comunicación mediante una ley con aristas inconstitucionales (también con la complicidad de los “progres” que disfrutan el ataque a empresas de medios).
Quedan a salvo los verdaderos socialistas (que no son todos los que se autodefinen como tales) que saben de la importancia de respetar la verdad, la dignidad y la seguridad jurídica. Quizás podríamos parafrasear a René Balestra diciendo que los “progres” no van tras el progreso sino que sostienen una deformación patológica del mismo, desnaturalizando y contrariando totalmente su sentido original.
Finalmente, la aparición de la droga como flagelo contó con la clara complicidad de los últimos gobiernos violando mandatos constitucionales expresos. La prueba más evidente es la falta de decisión de radarizar nuestras fronteras además de muchos otros actos por lo menos sospechosos.
Quizás ahora podamos entender un poco mejor el porqué de nuestra decadencia moral y económica.
Cabe entonces la pregunta, ¿estamos dispuestos a involucrarnos y a cambiar esto pensando en nuestros nietos?, ¿estamos dispuestos a contrastar nuestras ideas perimidas con las de los países que progresan?, en síntesis, ¿estamos dispuestos a dar de nosotros tiempo y esfuerzo para intentar que las próximas generaciones puedan disfrutar de un país comparable al que existía cuando nacimos sin pensar egoistamente en nosotros?
La respuesta depende del amor a la verdad aunque nos marque nuestros errores y de la preocupación por recuperar y legar una imagen de dignidad a quienes nos miren desde el futuro. Tengo una meditada esperanza de que superaremos el maleficio del “no te metás” a través de la formación de una suficiente “masa crítica” inter-generacional e inter-partidaria pero con una fuerte participación de la juventud con espíritu creativo y patriótico, pero este es otro tema.
Lo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que el remedio contra el populismo es la plena vigencia de los principios republicanos que dan, a su vez, vida a la democracia y al federalismo. Estos principios solo pueden ser sostenidos por ciudadanos honestos comprometidos con la Argentina. Estoy convencido de que esta es la piedra angular de nuestra recuperación.
Sin embargo, durante las últimas décadas los argentinos hemos tenido que soportar agravios, padecimientos y persecuciones como individuos y como sociedad dentro de una prolongada y profunda decadencia. Estamos enfrentados a un proceso de fragmentación y desconcierto a tal punto que somos el único país del mundo que pasó del desarrollo al subdesarrollo, somos un caso de estudio en diversas universidades del planeta.
Lamentablemente no tenemos un diagnóstico claro aceptado universalmente sobre las causas de nuestra decadencia. Sin embargo ese diagnóstico es clave para poder asentar nuestra recuperación. Este trabajo precisamente apunta, humildemente, a echar un poco de luz sobre el tema.
Los argentinos hoy estamos agotados y con baja capacidad de reacción pero, quizás, más predispuestos a entender lo que nos está ocurriendo. El dato positivo es entonces que hay signos que permiten suponer que hoy nuestra mente está más abierta, lo que podría conducir al final de este aciago proceso.
Repasemos, para comenzar, algunos datos verificables.
Hace 80 años fuimos brutalmente sacudidos por la ruptura del orden constitucional y por el cambio del esquema de premios y castigos que había hecho de nosotros una gran nación. El análisis de las causas de la revolución, algunas de ellas opinables, excede los objetivos de este ensayo; lo que importa para nuestro análisis es que la revolución constituyó una violación letal de la Constitución, introdujo el “partido militar” en nuestra política y modificó sustancialmente los estímulos que la sociedad tenía para producir y evolucionar.
A partir de ese momento los gobiernos nos mintieron, redujeron la diversidad de nuestras opiniones a estar o no de acuerdo con el gobierno y siempre se situaron por encima de nuestra Constitución. Desde entonces la mejor forma de progresar fue estar cerca del gobierno en lugar de producir más y mejor.
Tuvimos que soportar el miedo por nuestra seguridad personal y la de nuestras familias o correr el riesgo de perder nuestro trabajo si éramos capaces de sostener en público opiniones propias. También vimos emigrar a nuestros hijos en busca de un trabajo digno cuando siempre habíamos sido un país de inmigración o para eludir persecuciones por tener ideas distintas.
Todo esto se produjo instrumentando políticas en nombre del pueblo, de nuestro bienestar, de nuestra independencia o de ideologías tercermundistas perimidas salvo en algunos países en vías de destrucción como el nuestro. Nuestras raíces entraron en un cono de sombra, nos quisieron robar nuestra historia conflictiva pero plagada de heroísmos y de actos ejemplares, tergiversándola sin contemplaciones.
Llegamos a escuchar y leer slogans partidarios como “haga patria mate a un estudiante”, “alpargatas sí libros no” o simplemente “síganme”. Pero habitualmente faltó una explicación racional de objetivos consensuados a largo plazo acompañados de un esbozo realista sobre la forma de conseguirlos. Eventualmente hubo planes unilaterales que no persistieron.
¿Porqué nos pasó esto?, ¿somos realmente tarados como dice un tupamaro candidato a presidente del Uruguay?, ¿será cierto, como afirma superficialmente Mario Vargas Llosa, que los argentinos hemos elegido ser pobres?, ¿podemos imputar la responsabilidad a alguna persona o partido político en particular? o ¿hemos sufrido una conjura internacional?…
En mi opinión nada de eso ha ocurrido. Pienso que, en gran medida, es la consecuencia de haber sido meros espectadores de una obra (la Argentina del Futuro) en la que decidimos no actuar. Es posible que hayamos adoptamos dicha posición, entre otras razones, al internalizar que ”la Argentina está condenada al éxito” y también a la de la recomendación generalizada y poco generosa de nuestros mayores ,“no te metás”, para recoger solo para nosotros todo el fruto de nuestro esfuerzo personal sin ofrecer nada al bien común.
También, es posible que, ya antes de 1930, en el fragor del crecimiento inmediato se haya desvanecido el prójimo en desgracia y también el espíritu de la generación del 80; se habría dejado de soñar la “Patria del Futuro” ya que aparentemente estaba garantizada porque teníamos “un destino peraltado”. Un testimonio desgarrador e inmediato sobre la falta de solidaridad es la letra del tango Yira Yira del poeta popular, que recorrió como una hiedra el relieve social de su época, E. S. Discépolo estrenado en 1930. Dicha letra fue calificada por el prestigioso filósofo argentino Francisco Romero como “filosofía pura”. Obras de teatro exitosas de la época también se refieren a la mencionada falta de solidaridad.
Es así que dejamos el espacio libre que ocuparon los mediocres y corruptos para hacerse cargo de la política y de la administración de lo que todos los argentinos tenemos en común. Habitualmente se decía que “el campo arregla de noche lo que los políticos hacen de día”. Posteriormente, en medio de fuertes crisis, consolidamos a los mediocres y corruptos en el poder “para mantener la gobernabilidad” y nos conformamos diciendo “roban pero hacen”.
Como vemos, los malos políticos son solo oportunistas de la decadencia con la que colaboran, a veces, ardorosamente. Las causas profundas quizás haya que buscarlas frente a un espejo. También hay que reconocer que hubo algunos pocos políticos valiosos, como Frondizi, pero que no lograron modificar el contexto de los últimos 80 años.
Dirigentes políticos enancados desde el primer momento en el fascismo, moldearon las tradiciones según sus necesidades mientras le pasaban la mano por el lomo al pueblo; también se valieron de su posición de fuerza para quedarse con la República. Reforzaron dicha posición estatizando la economía y sintetizando el Gobierno con el Estado con lo cual casi todos dependían directa o indirectamente del gobierno de turno.
El resto del mercado, acorralado, a menudo quedó distorsionado y a la deriva en la que reinó más el libertinaje que la libertad dentro de encuadres modernos; de esa cuna solo pudieron nacer y sucumbir una escasa cantidad de importantes empresarios modernos, como en cambio logró Brasil, en cantidad y calidad, con seguridad jurídica y políticas de largo plazo.
Sin República, la Democracia y el Federalismo perdieron toda su sustancia. En otras palabras, se subalternizaron la seguridad jurídica, la independencia real de los poderes, la transparencia de los actos de gobierno… porque con la vigencia de principios republicanos esas políticas nefastas no pueden desarrollarse ni perdurar.
En el orden social esto implicó un deterioro moral generalizado y en el orden económico una inflación fuerte y persistente, caída de las inversiones, menos trabajo y de inferior calidad, desocupación y pobreza extrema. Dentro de este desconcierto creció la dispersión de los ingresos, fuente de crispación y desencuentros. Como se sabe, la inflación persistente es un factor de degradación moral severo. Ver “El seguro de Vida Frente a la Depreciación Monetaria”. Héctor L. González Galé. Ed. Macchi.
En nuestra confusión no supimos reaccionar a tiempo, fuimos aceptando lo inaceptable. Creo que hoy nos damos cuenta que hemos sido engañados, que las explicaciones que nos daban para justificar nuestros tropiezos eran mentiras, no era cierto que sucesivamente eran culpables la “sinarquía internacional”, los Estado Unidos, los comunistas, los conservadores o los liberales.
Pero no solo nos engañaron, creo que también nos auto engañamos buscando justificativos para no asumir la responsabilidad de lo que nos pasaba. Aún hay quienes piensan que el mundo nos asignó el lugar en el que estamos hoy. Al respecto es interesante analizar lo que Diana Cohen Agrest expone en “Autoengaño: la eterna compulsión a hacernos trampa”. También es no menos valiosa la opinión de Jorge Fernández Díaz, actual director de ADN cultura del diario la Nación, en “El país del autoengaño”.
¿Podremos aceptar que los culpables somos nosotros y actuar en consecuencia? Si es así, entiendo que estaremos en el punto de partida de nuestra recuperación. De no ser así seguiremos cayendo hasta que nos demos cuenta o desaparezcamos como nación.
A la enfermedad que padecemos permítaseme que la llame populismo, que incluye a la demagogia. Los que la padecen no solo son los que nos gobiernan sino que su lógica alcanza a amplios y desprevenidos sectores de la población y de los políticos de la oposición (terminamos disfrutando de la adulación y rechazando las verdades poco agradables que nos permitirían recuperarnos pero nos exigirían involucrarnos). Nos hemos conformado con frases hechas como “el pueblo siempre tiene razón”.
Este es el motivo, a mi juicio, por el que los gobiernos pasan pero el populismo sigue y se profundiza. Todos los gobiernos desde 1930 se recostaron en mayor o menor medida en él, como podremos constatar en los ejemplos que veremos más adelante. Desde ya esto no impide que haya habido algunos gobiernos que fueron mejores que otros.
Para dar a las palabras todo su sentido definamos, por lo menos para este análisis, lo que se entiende por populismo.
Es la forma de gobierno que trata de ganar el favor popular para beneficio de los propios gobernantes, recurriendo para tal fin al engaño, a la adulación, al la ideología, al miedo, a la violencia y a cualquier método que les parezca eficiente a esos fines incluyendo los que producen daño al propio pueblo, sin respetar reglas. En lugar de desarrollar y elevar a la sociedad, lo que finalmente desea es dominarla y, en consecuencia, empobrecerla hasta el límite de lo posible. Eso sí, siempre “en nombre del pueblo” y en contra de algún chivo expiatorio.
René Balestra, en su artículo “Fijar la enfermedad”, nos cuenta su esencia cuando dice que “El populismo no es lo popular. Como el clericalismo no es lo religioso ni el militarismo es lo militar. Son sus deformaciones patológicas que desnaturalizan totalmente el sentido original del concepto. El populismo arrulla y acaricia constantemente a la masa ignorante para fijarla, para que continúe siendo una masa maleable y no se convierta jamás en personas.”
Veamos algunos ejemplos de populismo en la Argentina (quedan innumerables en el tintero):
1.- En 1930 se viola la Constitución y se construye un poder hegemónico, ¿para lograr una mejor administración que la del gobierno de turno? Se perdió incentivos para progresar por la falta de equidad y el deterioro de la libertad individual. Un testimonio inmediato e impactante respecto de la equidad perdida, es la letra del tango Cambalache estrenado en 1935, del poeta E.S. Discépolo, ya citado. En ese mismo año Leopoldo Lugones se suicidaba. Estaba deprimido, entre otras razones, por ver y proyectar las consecuencias la revolución del 30 que él había apoyado.
2.- Se sanciona la Ley de Alquileres congelando todos los alquileres y afectando severamente la seguridad jurídica. Se agravó la inequidad por la creciente destrucción de nuestra moneda, ¿para beneficiar al pueblo? Consecuencia, se desvaneció durante un cuarto de siglo la industria de la construcción y se siguieron debilitando incentivos para ahorrar e invertir. En los 40.
3.- Obstaculización en la campaña electoral a los opositores y destrucción del periodismo independiente (el diario La Prensa fue el último eslabón), ¿para frenar a la sinarquía internacional? En los 40 y 50.
4.- Politización de la enseñanza (libros de estudio que hablaban de las bondades del régimen y de la pareja presidencial), ¿para mejorar las generaciones futuras o para dominarlas? En los 40 y 50.
5.- Persecución física de los opositores. Cárceles para estudiantes, y para defensores de la libertad, bombardeo desaprensivo de la Plaza de Mayo colmada de civiles, asesinatos políticos no aclarados ni castigados debidamente, ¿porque se oponían al progreso? En los 40, 50, 60 y 70.
6.- Persecución de jueces quitándoles estabilidad por haber ascendido durante el gobierno militar pero ofreciéndoles generosos retiros si dejaban vacantes sus puestos. Se necesitaban jueces que fueran funcionales al cumplimiento de pactos secretos previos. Se mantuvo el operativo en la mayor discreción evitando cualquier trascendencia pública. ¿El gobierno por encima de la Justicia? En los 50 y 60.
7.- Desconocimiento de los contratos firmados por un gobierno constitucional con empresas petroleras por razones ideológicas, la primera víctima fue la seguridad jurídica ¿por la defensa de los intereses de la Patria? Produjo un fuerte impacto negativo en el desarrollo energético y en la imagen del país. En los 60.
8.- Planteos militares y nuevas interrupciones de los gobiernos constitucionales, ¿Porque al “partido militar” no le gustaba algo? En los 60, 70 y 80.
9.- Mantenimiento irracional del tipo de cambio fijo (o de acuerdo con una tabla preestablecida) por largo tiempo, acompañado para mayor gravedad por el desorden fiscal, fabricó “bombas de tiempo” que siempre explotaron. Antes que explote se vive en el limbo elevando transitoria y artificialmente el nivel de ingresos de la gente aprovechado políticamente. Después viene el desencanto y la desesperación seguida por la expulsión de capitales y de talentos. En los 70, 80 y 90.
10.- Creación desde el gobierno constitucional de una banda de asesinos, la Triple A, utilizada para múltiples fines y ¿para salvarnos de los comunistas?, ¿no había otra forma de combatir al terrorismo marxista , que por otro lado fue fogoneado desde el exterior por los mismos que luego quisieron enfrentarlo de ese modo? En los 70.
11.- Lucha armada entre agrupaciones paramilitares marxistas y el gobierno “de facto”. Las fuerzas armadas lucharon bien, incluido actos heroicos, y vencieron. En cambio el gobierno militar (militarismo) quedó estigmatizado por su origen, por sus degradantes abusos y por declarar una guerra absurda a Gran Bretaña y EEUU juntos, con las consecuencias harto conocidas.
12.- Mantenimiento de todas las estaciones de televisión y radio en manos del Estado que el gobierno utilizó para, entre otros objetivos, perseguir artistas no afines, caso Pinky por ejemplo ¿para ofrecernos una información más pura? En los 80
13.- Maniobra de los dos partidos políticos principales (Pacto de Olivos) para la consecución de objetivos políticos particulares en la reforma de la Constitución (re-re elección por un lado, tercer senador por provincia para dar mayor cabida coyuntural a la oposición en el senado por el otro, introducción de la posibilidad de los decretos de necesidad y urgencia y las delegaciones de facultades al poder ejecutivo por ambos lados). ¿En nombre de la modernidad? . Se desnaturalizó el sentido del Senado y se abrieron las puertas que facilitaron el abuso de poder entre otras nefastas consecuencias. En los 90
14.- Voladura de una fábrica militar y de un pueblo para ocultar la venta ilegal de armas al exterior, ¿fue una distracción? En los 90
15.- La inconstitucional ley fascista de asociaciones profesionales que abarca muchas décadas y que nadie osó modificar. ¿Será que los políticos y la Corte Suprema se toman su tiempo o simplemente le temen al poder sindical (que no es lo mismo que sindicalismo)?
16.- En estos últimos años las violaciones a la Constitución son muchas, gravísimas y expuestas en forma grotesca. Por ejemplo la sustracción en el orden de los 1000 millones de dólares de Santa Cruz por parte del entonces gobernador sobre los que nunca dio ninguna explicación, ante la indiferencia general por lo que fue votado de todas maneras. No se puede dejar de mencionar el uso extralimitado y por lo tanto inconstitucional, de los decretos de necesidad y urgencia y de la delegación de facultades al Poder Ejecutivo.
Uno de los actos populistas más graves es la licuación del federalismo al destruir de hecho las autarquías de las provincias, sometiendo a sus gobernadores a la dádiva del poder central al restarles fondos a través de impuestos de dudosa constitucionalidad no coparticipables, que reemplazan de hecho a los coparticipables. Sin autarquía no existe la autonomía que establece la Constitución.
Otro acto populista estructural, de origen ideológico, es la destrucción de las fuerzas armadas, a pesar de que desde hace tiempo se superó el militarismo, dejándonos peligrosamente indefensos, restándonos presencia internacional y sin poder proteger las riquezas de nuestro litoral marítimo que está siendo depredada por pesqueros de altura extranjeros.
Asimismo debe señalarse el robo de los fondos de los jubilados logrado con el apoyo de grupos de izquierda (populistas disfrazados de izquierdistas o “progres”) a los que les vendieron como vidrios de colores el sistema de reparto en materia jubilatoria; el ataque inaudito a un sector del país como el campo y la alarmante decisión del gobierno de dominar los medios de comunicación mediante una ley con aristas inconstitucionales (también con la complicidad de los “progres” que disfrutan el ataque a empresas de medios).
Quedan a salvo los verdaderos socialistas (que no son todos los que se autodefinen como tales) que saben de la importancia de respetar la verdad, la dignidad y la seguridad jurídica. Quizás podríamos parafrasear a René Balestra diciendo que los “progres” no van tras el progreso sino que sostienen una deformación patológica del mismo, desnaturalizando y contrariando totalmente su sentido original.
Finalmente, la aparición de la droga como flagelo contó con la clara complicidad de los últimos gobiernos violando mandatos constitucionales expresos. La prueba más evidente es la falta de decisión de radarizar nuestras fronteras además de muchos otros actos por lo menos sospechosos.
Quizás ahora podamos entender un poco mejor el porqué de nuestra decadencia moral y económica.
Cabe entonces la pregunta, ¿estamos dispuestos a involucrarnos y a cambiar esto pensando en nuestros nietos?, ¿estamos dispuestos a contrastar nuestras ideas perimidas con las de los países que progresan?, en síntesis, ¿estamos dispuestos a dar de nosotros tiempo y esfuerzo para intentar que las próximas generaciones puedan disfrutar de un país comparable al que existía cuando nacimos sin pensar egoistamente en nosotros?
La respuesta depende del amor a la verdad aunque nos marque nuestros errores y de la preocupación por recuperar y legar una imagen de dignidad a quienes nos miren desde el futuro. Tengo una meditada esperanza de que superaremos el maleficio del “no te metás” a través de la formación de una suficiente “masa crítica” inter-generacional e inter-partidaria pero con una fuerte participación de la juventud con espíritu creativo y patriótico, pero este es otro tema.
Lo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que el remedio contra el populismo es la plena vigencia de los principios republicanos que dan, a su vez, vida a la democracia y al federalismo. Estos principios solo pueden ser sostenidos por ciudadanos honestos comprometidos con la Argentina. Estoy convencido de que esta es la piedra angular de nuestra recuperación.
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