En los años 30 nuestro país era considerado desarrollado según los parámetros de la época. Nuestro ingreso “per cápita” estaba entre los 8 primeros del mundo, nuestro sistema educacional superaba al de casi todos los países europeos. Cultural, política y económicamente éramos un país abierto al mundo que creaba expectativas conjuntamente con Canadá y Australia.
Sin embargo, durante las últimas décadas los argentinos hemos tenido que soportar agravios, padecimientos y persecuciones como individuos y como sociedad dentro de una prolongada y profunda decadencia. Estamos enfrentados a un proceso de fragmentación y desconcierto a tal punto que somos el único país del mundo que pasó del desarrollo al subdesarrollo, el nuestro es un caso de estudio en diversas universidades del planeta.
Lamentablemente no tenemos un diagnóstico claro aceptado universalmente sobre las causas de nuestra decadencia. Sin embargo ese diagnóstico es clave para poder asentar nuestra recuperación. Este trabajo precisamente pretende, humildemente, echar un poco de luz sobre el tema.
Los argentinos hoy estamos agobiados y con baja capacidad de reacción pero, quizás por eso mismo, más humildes y predispuestos a entender lo que nos está ocurriendo. Esto permite pensar en que es posible llegar, en algún momento, a un diagnóstico consensuado.
Veamos algunos datos verificables.
Hace 80 años fuimos sacudidos por la ruptura del orden constitucional por primera vez desde la vigencia de la Constitución de 1853 y por el cambio del esquema de premios y castigos que habían hecho de nosotros una gran nación. La revolución constituyó una violación letal de los principios constitucionales, introdujo el “militarismo” en nuestra política y modificó sustancialmente el esquema de estímulos que la sociedad tenía para producir y evolucionar.
A partir de ese momento los gobiernos nos mintieron, redujeron la diversidad de nuestras opiniones a estar o no de acuerdo con el gobierno de turno y siempre violaron nuestra Constitución. Desde entonces la mejor forma de progresar fue estar cerca del gobierno en lugar de producir más y mejor.
Hemos tenido que soportar el miedo por nuestra seguridad personal y la de nuestras familias o correr el riesgo de perder nuestro trabajo si hemos sido capaces de sostener en público opiniones propias. También hemos visto emigrar a nuestros hijos en busca de un trabajo digno o para eludir persecuciones por tener ideas distintas.
Todo esto se produjo instrumentando políticas en nombre del pueblo, de nuestro bienestar, de nuestra independencia o de ideologías tercermundistas perimidas salvo en algunos países en vías de destrucción como el nuestro. Nuestras raíces entraron en un cono de sombra, nos han querido robar nuestra historia conflictiva pero plagada de éxitos y de actos de heroísmo, tergiversándola sin contemplaciones.
¿Porqué nos pasó esto?, ¿somos realmente “tarados” como dice el presidente del Uruguay?, ¿será cierto, como afirma superficialmente Mario Vargas Llosa, que los argentinos hemos elegido ser pobres?, ¿podemos imputar la responsabilidad a alguna persona o partido político en particular? o ¿hemos sufrido una conjura internacional?…
En mi opinión nada de eso es cierto. Pienso que es la consecuencia de haber sido meros espectadores de una obra (la Argentina del Futuro) en la que decidimos no actuar. Es posible que hayamos adoptamos dicha posición, entre otras razones debido, al desorden institucional, a quedarnos tranquilos al internalizar que ” la Argentina está condenada al éxito” y también a la recomendación generalizada y poco generosa de nuestros mayores, “no te metás”, para recoger solo para nosotros todo el fruto de nuestro esfuerzo personal sin ofrecer nada al bien común. Esa actitud fue reforzada por la “viveza criolla” que nos caracterizó desde mucho antes.
Es así que dejamos el espacio libre que ocuparon mayoritariamente los mediocres y corruptos para hacerse cargo de la política y de la administración de lo que todos los argentinos tenemos en común.
Habitualmente se decía que “el campo arregla de noche lo que los políticos hacen de día”. Posteriormente, en medio de fuertes crisis, consolidamos a los mediocres y corruptos en el poder “para mantener la gobernabilidad” y nos conformamos diciendo “roban pero hacen”.
Como vemos, los malos políticos son solo oportunistas de la decadencia con la que colaboran, a veces, ardorosamente. Hay que reconocer que hubo algunos pocos políticos valiosos, como Frondizi, pero que no lograron modificar el contexto de los últimos 80 años.
Dirigentes políticos enancados desde el primer momento en el fascismo, moldearon las tradiciones según sus necesidades mientras le pasaban la mano por el lomo al pueblo; también se valieron de su posición de fuerza para enervar los principios republicanos. Reforzaron la concentración de poder estatizando la economía y sintetizando el Gobierno con el Estado con lo cual casi todos los habitantes dependieron directa o indirectamente del gobierno de turno y nos cerramos al mundo para evitar interferencias.
El resto del mercado, acorralado, a menudo quedó distorsionado y a la deriva en la que reinó más el libertinaje que la libre competencia dentro de encuadres modernos; de esa cuna solo pudieron nacer y a veces sucumbir, una escasa cantidad de importantes empresas modernas. En cambio Brasil las formó, en cantidad y calidad, con seguridad jurídica y políticas de largo plazo.
Sin República, la Democracia y el Federalismo perdieron toda su sustancia. En otras palabras, se desvaneció la seguridad jurídica, la independencia real de los poderes, el federalismo, la transparencia de los actos de gobierno… . Nos transformamos en una nave sin rumbo cierto.
En el orden social esto implicó un deterioro moral generalizado y en el orden económico una inflación fuerte y persistente, caída de las inversiones, menos trabajo y de inferior calidad, desocupación y pobreza extrema. Dentro de este desconcierto creció la dispersión de los ingresos, fuente de crispación y de desencuentros. Hemos visto la expansión de la miseria y del deterioro humano a límites hasta entonces desconocidos dentro de nuestras fronteras. Se cierra el círculo recodando que la inflación persistente es un severo factor estructural de degradación moral. Ver “El seguro de Vida Frente a la Depreciación Monetaria”. Héctor L. González Galé. Ed. Macchi.
En nuestra confusión no supimos reaccionar a tiempo, fuimos aceptando lo inaceptable. Creo que hoy nos damos cuenta que hemos sido engañados, que las explicaciones que nos daban para justificar nuestros tropiezos eran mentiras, no era cierto que sucesivamente eran culpables la “sinarquía internacional”, los Estado Unidos, los comunistas, los conservadores o los liberales.
Pero no solo nos engañaron, creo que también nos auto engañamos. Aún hay quienes piensan que el mundo nos asignó el lugar en el que estamos hoy. Al respecto es interesante analizar lo que Diana Cohen Agrest expone en “Autoengaño: la eterna compulsión a hacernos trampa”. También es particularmente valiosa la opinión de Jorge Fernández Díaz, actual director de ADN cultura del diario la Nación, en “El país del autoengaño”.
A la enfermedad que padecemos permítaseme que la llame populismo, que incluye a la demagogia. Los que la padecen no solo son los que nos gobiernan sino que su lógica alcanza a amplios y desprevenidos sectores de la población y de los políticos (terminamos disfrutando de la adulación y rechazando las verdades poco agradables que nos permitirían recuperarnos pero que nos exigirían involucramiento). Nos hemos conformado con frases hechas como “el pueblo siempre tiene razón” o “no se puede hacer nada”.
Este es el motivo, a mi juicio, por el que los gobiernos pasan pero el populismo sigue y se profundiza. Todos los gobiernos desde 1930 se recostaron en mayor o menor medida en él.
Para dar a las palabras todo su sentido definamos, para este análisis, lo que se entiende por populismo.
Es la forma de gobierno que trata de ganar el favor popular para beneficio de los propios gobernantes, recurriendo para tal fin al engaño, a la adulación, al la ideología, al miedo, a la violencia y a cualquier método que les parezca eficiente a esos fines incluyendo los que producen daño al propio pueblo, sin respetar reglas. En lugar de desarrollar y elevar a la sociedad, lo que finalmente desea es dominarla y, en consecuencia, empobrecerla hasta el límite de lo posible. Eso sí, siempre “en nombre del pueblo” y en contra de algún chivo expiatorio.
René Balestra, en su artículo “Fijar la enfermedad”, nos cuenta su esencia cuando dice que “El populismo no es lo popular. Como el clericalismo no es lo religioso ni el militarismo es lo militar. Son sus deformaciones patológicas que desnaturalizan totalmente el sentido original del concepto. El populismo arrulla y acaricia constantemente a la masa ignorante para fijarla, para que continúe siendo una masa maleable y no se convierta jamás en personas.”
De entre los innumerables ejemplos de populismo en la Argentina mencionaré dos que se presentan en varios gobiernos:
1.- Se sanciona la Ley de Alquileres congelando todos los alquileres y afectando severamente la seguridad jurídica. Se agravó la inequidad con la creciente destrucción de nuestra moneda, ¿para beneficiar al pueblo o para beneficiar demagógica y transitoriamente a un sector de la población en detrimento de todos? Consecuencia, se desvaneció durante un cuarto de siglo la industria de la construcción y se siguieron debilitando incentivos para ahorrar e invertir en el país hasta que fue derogada. En los 40, 50 y 60.
2.- El mantenimiento por largo tiempo del tipo de cambio fijo (o de acuerdo con una tabla preestablecida) acompañada por el desorden fiscal, fabricó “bombas de tiempo” que siempre explotaron. Antes que explote se vive en el limbo elevando transitoria y artificialmente el nivel de ingresos de la gente. ¿Para aprovecharlo políticamente? Después viene la crisis, el desencanto y la desesperación seguida por la expulsión de capitales y de talentos. En los 70, 80 y 90.
Ya en los últimos años debe señalarse, entre otros, el robo de los fondos de los jubilados logrado con el apoyo de grupos de izquierda (populistas disfrazados de izquierdistas o “progres”) a los que les vendieron como vidrios de colores el sistema de reparto en materia jubilatoria; el ataque inaudito a un sector del país como el campo y la alarmante decisión del gobierno de dominar los medios de comunicación mediante una ley con aristas hegemónicas e inconstitucionales (también con la complicidad de los “progres” que disfrutan el ataque a empresas de medios) para una mayor concentración de poder. Esto permite colegir, parafraseando a René Balestra, que el “progresismo” no va tras el progreso sino que sostiene una deformación patológica del mismo, desnaturalizando y contrariando su sentido.
Quizás ahora podamos entender un poco mejor el porqué de nuestra decadencia moral institucional y económica. Pero queda en el aire la pregunta ¿si no es el populismo la causa fundamental de nuestros males, cual es la respuesta fundada superadora?
Lo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que el remedio contra el populismo es la plena vigencia de los principios republicanos que dan, a su vez, vida a la democracia, al federalismo y al respeto mutuo. Estos principios solo pueden ser sostenidos con éxito por ciudadanos honestos comprometidos con la Argentina y libres de tergiversaciones ideológicas.
Si los ciclos históricos no mienten es posible que estemos aproximándonos al final de la etapa populista que, por otro lado, está perdiendo rápidamente sustentabilidad. El comunismo también duró cerca de las 8 décadas. El liberalismo que en su oportunidad nos llevó a la cresta de la ola también tuvo una duración parecida (1853-1930). Todo depende de la actitud que asumamos en la construcción de la nueva etapa “pos populismo”, para la que ya tenemos que estar trabajando.
Pienso que entre las ideas fuerza que podrían sustentar a la nueva etapa serían deseable que estuvieran:
- La vigencia plena de los principios republicanos.
- La búsqueda irrenunciable de la equidad; premiar el mérito mediante el reconocimiento moral y económico, dar similares oportunidades a toda la población en materia educacional y de salud y estimular fuertemente las inversiones para erradicar el desempleo (en lugar de maquillarlo bajo la forma de empleo público). En otras palabras, las reglas de juego deben atender a la eficiencia económica y social del país.
- Poner en el centro de la escena a la educación y a la investigación. La enseñanza universitaria debe ser de excelencia y las otras que alcancen a toda la población con el mejor nivel que sea posible. Deben revaluarse los maestros y los profesores sarmientinos en lugar de los “trabajadores de la docencia”.
- Tomar definitivamente conciencia de que la seguridad jurídica está directamente ligada a la creación de más y mejores puestos de trabajo. La seguridad personal es un deber esencial e ineludible del Estado.
- Relacionarnos respetuosa y dignamente con todo el mundo sin discriminaciones ideológicas.
- El respeto recíproco entre los ciudadanos en cuanto al trato y a los derechos que cada uno constitucionalmente posee debe ser parte nosotros. Tratemos de progresar en conjunto en lugar de “salvarnos” de a uno.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.